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¿Desde Cuando Soy Propiedad Pública?

Seguro que ni por la mente te pasaría cuál era el fastidio número uno de mi embarazo. Ni las náuseas de los primeros meses, ni los constantes dolores de espalda que tuve que padecer con el aumento de cuarenta libras. Lo que más me molestó durante los nueve meses fueron los comentarios y los incesantes consejos no solicitados de cada persona que se me acercaba.

Los amigos, los conocidos y hasta los extraños se tomaban la libertad de tocarme la barriga, en lo que en mi opinión representaba una invasión a mi espacio personal.  La gente sin excepción comentaba lo grande o lo pequeña que le parecía, que si tal cosa significaba que iba a ser un bebé muy peludo o si el Tylenol que yo estaba tomando por un dolor que me partía la cabeza le haría daño al bebé, para después continuar contándome sus historias personales y siempre traumáticas del embarazo y el parto. Era como si en lugar de estar barrigona me hubieran puesto una etiqueta de "Propiedad Pública" con lo cual no me sentía precisamente cómoda. 

Afortunadamente tenía un doctor excelente y un marido maravilloso que constantemente me tranquilizaban, asegurándome que todo marchaba normalmente. El mejor consejo de mi médico, fue que dejara que todo lo que me dijeran me entrara por un oído y me saliera por el otro hasta que él mismo me lo confirmara o no. También me animó a que respondiera a esos comentarios no solicitados de la siguiente manera: "No te tortures con tanta preocupación por mi embarazo, cuando yo necesite que me digas algo te lo preguntaré."

Otro consejo que me dió mi médico fue decirle a todos que mi fecha de parto era una semana después de lo que realmente era. De ese modo si mi bebé se atrasaba una semana, como sucedió con mi hijo (cosa típica en las primerizas) yo no tendría que estar aguantando llamadas diarias de la familia y de los amigos ansiosos una vez que se cumpliera el "plazo".  ¡Que manera más buena de mantener a raya a los entusiastas entrometidos!

Me sentí mucho más feliz, porque había aprendido a interceptar y/o neutralizar todos esos comentarios e historias generalmente de horror y siempre indeseadas que me rodearon al principio. Además juré solemnemente que nunca le daré a una embarazada un consejo que no me hubiera pedido. Mi teoría es que cada embarazo es diferente y cada mujer debe tener el espacio para experimentarlo y tomar sus decisiones individualmente.

Yo me cuido mucho de no contarles historias que puedan asustar a las embarazadas, o hacer comentarios que les hagan perder la confianza en sí mismas como (¡Ay pero estás demasiado grande para tener solo cinco meses!) Me siento mejor compartiendo con ellas mis experiencias buenas y malas, únicamente cuando lo solicitan de manera bien específica, de otra manera he aprendido a ser una paciente interlocutora, a servirles de apoyo y guardar mis opiniones, porque esas mujeres tienen bastante lio en sus mentes mientras están embarazadas, y yo no estoy precisamente para jugar el papel de aumentar su ansiedad.

Nada, que la moraleja es una "si no tienes nada positivo que decir, mejor te callas."